La copia como diseño de mal gusto
Elizabeth Oria Periodista y Directora de Prendas Públicas Estocolmo, Suecia
Hace un año Marc Jacobs fue descubierto por el buen ojo de un periodista presentando un souvenir sueco como diseño propio, la prenda en cuestión era un pañuelo con el escudo regional de la provincia de Härjedalen. El accesorio era exactamente igual a la del artista sueco Gösta Olofsson, la única sutileza del afamado diseñador fue cambiar el nombre del pueblo - Linsell - por el de su marca - Marc Jacobs - impreso en el pañuelo. Finalmente Mr Jacobs tuvo que aceptar “su error”, se contacto personalmente con el hijo del fallecido artista sueco y llegó a un acuerdo para quedarse con los derechos de la pintura.
Inspirarse, mirar lo que se hace fuera de las fronteras e interpretar las tendencias, es algo a lo que estamos habituados e incluso es cotidianamente aceptable. Pero la copia literal, cruda y sin vergüenza, como un “acto de creación”, es un robo. Un insulto al consumidor que cada día está más informado de lo que pasa al otro lado del planeta y cuando las fronteras de la información han desaparecido.
Durante mi estadía temporal en Chile he visto cómo ha crecido el mercado del diseño de vestuario y de interiores, durante estos últimos tres años, con un comprador curioso e interesado de las novedades más allá de la cordillera. Frente a esto aparece un nuevo mercado con una gran oferta de productos, pero que no necesariamente son sinónimo de calidad y creatividad. Lo que en términos simples se traduce en la elección de materiales de mala calidad, como prendas con telas sintéticas y diseños literalmente copiados, con la excusa de “abaratar costos” ¡Error!
Lo más vergozoso ha sido ver como “las grandes tiendas” chilenas han reproducido productos de otras grandes tiendas de Europa (como H&M, Topshop, IKEA, etc.), con una colección de copias que va desde carteras hasta vestuario infantil. O aún peor, cuando se copia a pequeños diseñadores que igual tienen un sello identificable, lo que desnuda a la copia. Un nivel bastante pobre de inspiración, por decir menos.
Y la molestia no viene de un consumidor snob que reclama exclusividad, no. Es un disgusto porque todavía no se entiende el diseño como un mercado, un negocio a exportar. Que sí hay ojos puestos en lo que sucede en este “país modernizado”, y para ello la calidad y creatividad son elementos bases para entrar en un mercado internacional. Hasta el momento esta mirada “económica y de competencia rápida”, de mala calidad, hace que el desarrollo creativo se quede estancado por tener una mirada envidiosa, en lugar de explotar a una nueva generación de creadores que intentan abrirse espacio, sobrevivir y mostrar sus ideas en un país que no valora el diseño como un capital exportable.
Un escenario que también es responsabilidad de sus creadores, quienes viven a la defensiva y atemorizados por la mirada vecina de sus pares. En vez de tener una actitud de colaboración, de aunar fuerzas - aunque suene cursi -, de encontrar instancias juntos y no quedarse como divas fashion quejándose frente a la máquina de coser. Cuando lo importante es ser capaz de desarrollar su propia signature, de crear con menos complejos, porque eso en un mundo globalizado se nota… aunque se crea estar perdidos al fin del mundo.
Es cierto que el trabajo del diseñador es menos glamouroso de lo que se cree, que hay miles de obstáculos para llegar hasta la meta, por lo mismo una de sus obligaciones es adaptarse a su contexto y buscar soluciones reales. De acuerdo a mi experiencia como observadora en Suecia, he visto como los jóvenes diseñadores se las arreglan para figurar de una u otra forma todo el año en las vitrinas públicas y no tradicionales. Pero también bajando la moda del Olimpo, es decir llevando las pasarelas a lugares públicos y abiertos, como parques y galerías de arte; exponiendo colecciones colectivas especiales en vitrinas de malls; abriendo públicamente una parte de la semana de la moda -¡ojo! sólo con creadores nacionales - con colecciones de ropa transformadas en instalaciones artísticas y ciclos de cine, entre otras cosas.
Y por último el otro actor importante en este trabajo de retroalimentación, las escuelas de diseño. Que sean lugares donde no sólo se imparten clases, sino también donde se crean estrategias para presentar a sus creadores durante el período de “marcha blanca” de estos, cuando todavía se atreven a jugar sin el temor a vender o no sus productos. Es decir, una escuela que los presente por igual en sociedad y que no sólo canalicen sus energías en sus alumnos talentosos. Hacer portafolios abiertos de sus estudiantes, posibles de ser vistos públicamente a través de los sitios académicos; organizar sus propios eventos, como muestras, desfiles, exposiciones, etc. - por ejemplo. Todas instancias completamente reales de realizar y de hacer crecer un medio todavía sin una estrategia definida.
La moda como oficio, un camino sin brillo y una pasarela que no perpetua a ningún genio del fashion. Un escenario sin autocrítica y con una autoestima perdida, que se adula y lamenta frente al espejo, que no se reconoce en un mercado internacional. Diseño made in Chile al alero de la copia y con una “semana de la moda” prestada. Y en medio de las enceguedoras luces, un pequeño grupo de valientes y talentosos diseñadores empecinados en refrescar la “moda nacional”.
Elizabeth Oria
Periodista y Directora de Prendas Públicas
Estocolmo, Suecia